Coluccio Salutati y la dignidad republicana de Florencia


En su libro Ciencia y vida civil en el Renacimiento italiano (Taurus, 1982), Eugenio Garin aborda, fundamental, aspectos de la cultura de la Florencia de los siglos XV y XVI, con capítulos específicos consagrados a Galileo y a Leonardo da Vinci. Publicamos un fragmento en el que analiza el papel social y político desempeñado por los humanistas que ocuparon puestos administrativos, como es el caso de Coluccio Salutati. Se puede leer el  libro completo en este enlace.

Quien aborda el estudio de la cultura florentina de finales del siglo XIV y comienzos del XV no puede menos que asombrarse ante la importancia del compromiso político: las «letras» van siempre unidas a una concepción del mundo, a una visión de las tareas que incumben al hombre como ciudadano. Pues bien: no es casual que precisamente en ese período Florencia ejerciera una especie de hegemonía cultural sobre el resto de Italia, e incluso más allá de sus fronteras, y que dicha hegemonía emanase de una actitud tan acentuadamente política. Tanto en la guerra contra Gregario XI como en la lucha a muerte entablada con Gian Galeazzo, Salutati compone la imagen de una Florencia que es heredera de la antigua Roma republicana, baluarte de libertad para todos los pueblos itálicos, maestra y acicate de la propia Roma moderna. A veces, en algunas de las cartas oficiales que redacta, parece sonar el tono apasionado de Cola di Rienzo; con la diferencia de que la misión que éste atribuye a Roma, Salutati la reserva para Florencia. En nombre de la libertad, o sea, del único valor capaz de hacer de la vida algo digno de vivirse, Florencia se convierte en la patria ideal de los hombres.

Otro secretario, Leonardo Bruni, discípulo de Salutati, inspirándose en un elogio clásico de Atenas, dirá no sin acierto que todo italiano es hijo de dos patrias: de su lugar natal, por naturaleza, y de Florencia, ciudad humanísima, por su vocación humana. Y no sólo eso: todo oprimido, todo desterrado, todo exiliado, todo combatiente por una causa justa es idealmente florentino.El hecho de que fuera Salutati quien elaboró esa visión de Florencia durante el último período de esplendor de la República, cuando ésta todavía trataba de igual a igual con las grandes potencias; que en centenares de cartas enviadas a todas partes de Europa insistiera reiteradamente en ella; que la misma formara parte de la propaganda para la difusión de los nuevos estudios, y que se impusiese a secretarios y magistrados pertenecientes, incluso, a Estados enemigos; que, además de Bruni, personalidades como Loschi o Uberto Decembrio se declararan discípulos y admiradores de Salutati, todo esto fue decisivo para la historia del renacimiento del saber antiguo. Éste fue el sello con que logró imponerse el Humanismo; su enseñanza no emanó de las cátedras universitarias ni del discurso de los «retori» en las cortes refinadas. Se afirmó a través de la obra de Petrarca y su cátedra más elevada fue el Palacio de la Señoría de Florencia; sus maestros fueron los secretarios de la República: Coluccio Salutati, Leonardo Bruni, Carlo Marsuppini, Poggio Bracciolini, Benedetto Accolti, Bartolomeo Scala.

[...] El pensamiento fundamental de Salutati, y el sentido íntimo del gran movimiento cultural del que deriva nuestra civilización, no se encuentran sólo en libros, sino además en los textos donde está documentada la actividad práctica que acaparó sus esfuerzos: por el contrario, hay que buscados en la constante relación entre unos y otros, que constituye su marca inconfundible. A la luz de esa interrelación la vuelta a los antiguos adquiere un significado que nada tiene de retórico. Mientras no leamos los textos de aquellos primeros artífices del Renacimiento, comentados al pie de página mediante las referencias continuas a sus escritos oficiales, o sea a sus vidas de hombres comprometidos, seguiremos sin entender el verdadero sentido de esa vuelta a los antiguos. Sin embargo, esa lectura todavía no ha sido emprendida.

Cuando, en la época de la guerra de los Ocho Santos, el Secretario se dirige a los romanos y evoca la antigua historia de las luchas por la libertad y la unidad de Italia, invocando los vínculos legendarios entre Roma y Florencia, y refiriéndose a las guerras contra los galos, su argumentación dista mucho de ser retórica. Esas cartas, numerosísimas, alcanzan la altura de ciertas páginas de Cola di Rienzo y de Petrarca, y siempre tienen el carácter de eficaces manifiestos  ropagandísticos, pulcramente compuestos, basados en una visión clara y meditada de la situación italiana. Detrás de los galos está el papado de Aviñón y la política francesa. El mito de Roma y el mito de Florencia, su hija y heredera, nuevo Estado-guía de la península, tienen un significado preciso, y despiertan ecos imposibles de desoír. Por su parte, la evocación de la historia romana como experiencia ejemplar constituye ya una base científica para la teoría de la acción política. «Si acaso deseáramos reavivar en nuestros pechos el antiguo vigor de la sangre itálica, ahora hay una causa santa que nos incita a hacerla, ahora es cuando debemos intentarlo. ¿Qué italiano, qué romano, cuya herencia es la virtud y el amor a la libertad, podrá tolerar que tantas nobles ciudades, tantos castillos, sufran las bárbaras devastaciones de los franceses, enviados por los dignatarios de la Iglesia a pillar en roda Italia, a enriquecerse con nuestros bienes, a abrevar nuestra sangre? Más crueles que los galos, más atroces que los tesalios, más infieles que los libios, más bárbaros que los cimbros, han invadido Italia en nombre de la Iglesia: hombres sin fe, sin piedad, sin caridad, cuando sus fuerzas no son suficientes enfilan hacia nuestras discordias, y, para oprimimos, las suscitan, las alientan, las alimentan».

[...] En las cartas oficiales de esos años, entre 1375 Y 1378, extensas y muy elaboradas, el Secretario desarrolla los temas centrales de su teoría política: las características del Estado tiránico, los fundamentos de la vida civil. En una carta a los romanos escribe: «todo gobierno que no tienda sinceramente a beneficiar a los gobernados se convierte si¡! excepción en tiranía»; y en otra, dirigida al  Emperador: «nada hay tan grande, tan elevado; tan firme, que no se precipite hacia la ruina cuando empieza a faltar el fundamento de la justicia». En una solemne admonición a los ciudadanos de Perusa, fechada el 19 de agosto de 1384, enumera las bases del buen gobierno: magistrados serenos, no propensos a la venganza ni a la ira, pacíficos, capaces de expresar la voluntad de los ciudadanos. «Es un gran mal poner al frente del Estado a personas que no gusten al pueblo, que no gocen del agrado de la multitud. Es un gran perjuicio elevar al gobierno a personas ineptas, incapaces de asistir a la patria con sus consejos. Es pernicioso elevar al poder a los sediciosos, a los violentos, que infundirán miedo a unos ciudadanos cuyo bien común debieran procurar». Durante la rebelión de los Ciompi, Salutati atravesó indemne la tormenta; después de 1382 su cargo y estipendio seguían siendo los mismos. [...] En una carta del 3 de febrero de 1380 dirigida al Pontífice figura un extenso texto, tachado después casi por completo, que corresponde exactamente a la carta de 1378 a Bandino: es un elogio de las artes, eliminadas las cuales se derrumbaría la grandeza de Florencia. Frente a los excesos de los güelfos, destaca la moderación general del gobierno revolucionario, el escaso número de muertes y condenas, la esperanza no negada ni siquiera a los máximos responsables Coluccio insiste en la idea de que en las ciudades libres el soberano es el pueblo: en Florencia, ciudad de artesanos y mercatores, no de caballeros ni de soldados, ciudad pacífica y laboriosa, gobernaban las artes, y la tiranía debía ser desterrada, Coluccio elogia una y otra vez. a los mercatores: «una clase de hombres indispensable para la sociedad humana, sin los cuales no podríamos vivir», escribe en 1381 a los ciudadanos de Perusa. Y ya al término de su vida, el 23 de abril de 1405, en una carta dirigida a los corregidores y burgomaestres de Brujas, entona la alabanza de los que llama los padres del comercio, actividad de la que e! mundo no puede prescindir, y a la que hay que defender.